lunes, 25 de mayo de 2009

Somos mayoria

Claudia Ruiz Arriola

Basta considerar algunas estadísticas para darse cuenta de que se ha conformado una gran mayoría que está harta de ver cómo los políticos permiten que se desplome la economía, la seguridad y la justicia

Decía Unamuno que en el mundo hay dos tipos de personas: las que todavía buscan y las que creen haber encontrado. Algo similar ocurre en política, donde los ciudadanos podemos dividirnos en dos grupos.


Según la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas (Encup), de un lado está el 4 por ciento que todavía cree en alguna ideología, caudillo o mesías, por lo que milita en un partido, acude a los mítines de sus héroes y está dispuesto a darles su voto. Del otro lado estamos el 96 por ciento de ciudadanos (¡96!) que tenemos claro que las "diferencias" entre los partidos y sus candidatos son sólo epidérmicas, pues la única "ideología" de la que es capaz la clase política mexicana es la demagogia, la transa y la conveniencia personal.


Este segundo grupo, que está harto de ver cómo elecciones van y elecciones vienen, y que la seguridad, la economía, la legalidad y la justicia siguen desplomándose mientras los diputados, senadores, jueces, presidentes, alcaldes y gobernadores se despachan del erario con la cuchara grande y -no conformes con ello- se convierten en socios y patrocinadores de todo tipo de delitos y fraudes, es mayoría. Basta ver las estadísticas del abstencionismo del 2006 (41 por ciento), analizar los resultados de las encuestas de credibilidad o escuchar las quejas del mexicano promedio, para darse cuenta de que somos mayoría.


En este grupo militamos quienes ya sabemos que los buenos propósitos de los políticos -tipo "adelgazar el gasto del Congreso"- duran lo que la dieta de la semana; quienes consideramos una grotesca burla que los dirigentes de los partidos nos digan que "harán todo lo posible" para que no se les cuelen narcos y cleptómanas de supermercado a los cargos públicos; los que estamos hartos de ver cómo la justicia se vende al mejor postor, cómo los custodios de los penales traicionan a la patria, cómo los secuestradores extorsionan y matan con la total anuencia de jueces corruptos y corporaciones policiacas infiltradas; también estamos los que consideramos que el trabajo honesto -y no el odio de clases- es la solución a nuestros problemas. Y somos mayoría.


Desgraciadamente somos una mayoría complaciente, comodona, apática y pusilánime (¿algo más que se me olvide?). Salimos, si bien nos va, a votar o a marchar una vez al año; nos quejamos en la sobremesa con nuestros parientes y cuates abonando al clima de desilusión e impotencia que nos permite excusarnos de tratar de hacer algo por el país (se nos olvida la estrategia yugoslava: quéjate con alguien que pueda ayudarte); nos burlamos, desconfiamos o descalificamos de antemano los tímidos intentos de organizar la sociedad civil al margen de los caciques y sus partidos; desoímos los llamados de solidaridad para proteger a los institutos ciudadanos (IFAI, IFE) de los que depende la buena marcha de la democracia. Al parecer estamos hartos, pero no lo suficiente como para hacer algo. Y ésa es nuestra perdición.


Porque somos mayoría a la hora de quejarnos, pero minoría a la hora de exigir cambios con seriedad, ahínco y perseverancia. Estamos hartos a la hora de criticar, pero a la hora de proponer se apodera de nosotros esa conducta que -según Alexis de Tocqueville- es propia de siervos y esclavos, no de ciudadanos: "se sienten deseos, pesares, penas y alegrías que no producen nada visible ni duradero, como esas pasiones de senectud que no conducen más que a la impotencia (...) todos sienten el mal, pero nadie tiene el valor y la energía necesarios para buscar el bien" (La democracia en América, vol. 1).


Se nos olvida que las insólitas dimisiones que se están dando en Inglaterra debido a los (para nosotros) miniabusos del Parlamento no responden a la decencia de los políticos británicos, sino a la nula tolerancia de los electores ingleses con partidos y políticos abusivos.


En este triste panorama aparecen, cual brotes de tierna hierba en el pavimento, un par de iniciativas ciudadanas que vale la pena considerar para hacer sentir el peso de nuestro hartazgo en las próximas elecciones: uno de estos movimientos pide simplemente que vayamos a votar vestidos de blanco en señal de rechazo a los colores partidistas, a la inseguridad y al cinismo que vivimos; el otro solicita dar a los políticos nulos una cucharada de su propio chocolate y, en vez abstenernos (lo que sería apatía), anular el voto a modo de rechazo activo y deliberado a todos los cárteles políticos que se adulan llamándose partidos.


Es cierto que ninguno de los dos movimientos va a lograr de golpe y porrazo que los políticos se conviertan en dechados de virtud (para eso se necesita un milagro marca Yahvé), pero es igualmente ingenuo pensar que el cambio va a iniciar con ellos. El cambio inicia con nosotros. Y estas iniciativas convierten las próximas elecciones en un reto para demostrar si nuestro hartazgo es lo suficientemente profundo para generar la masa crítica de ciudadanos que el país necesita o si, pese a las pestes que a diario les echamos, los mexicanos somos los felices lacayos de nuestros prepotentes amos.